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Las grandes pasiones: Ernest Miller Hemingway (1)

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Las grandes pasiones: Ernest Miller Hemingway (1)
EH 8504P Ernest Hemingway with his cat, Christobal Colon, at his home, Finca Vigia in Cuba. Please credit "Ernest Hemingway Collection/John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston"

No tengo la menor duda, ni me tiembla el pulso al escribir, que dos especies enemigas, la de los gatos y las langostas, provocaban en  Ernest Miller Hemingway, obviamente que por razones dispares, el despertar de sus más ocultas y atávicas pasiones, tan arrebatadoras e impacientes como las que lo zarandeaban ante la vista de una hoja en blanco, las corridas de toros, las arenas de boxeo, el jai alai, los safaris por África y sus legendarios periplos etílicos por bares de La Habana, entre ellos, La Bodeguita del Medio, El Floridita y el Sloopy Joe.

Hemingway no fue el abuelo bonachón que en algunas de sus fotos nos parece.  Era capaz de responder con un relampagueante puñetazo si un turista lo importunaba pidiéndole un autógrafo, mientras estaba, silencioso y pensativo acodado en la barra de caoba sobre la que le servían daiquiríes y mojitos, sin azúcar y con doble ración de ron. Solía tener lo que llamamos “mala bebida”, y para uno de los barmen veteranos de El Floridita, era tan difícil y pesado como intentar cargar “un saco de mandarrias”

Pero aquel “dios de bronces de la literatura”, como algunos le llamaron, era también tierno y sensible, especialmente con sus gatos, de los que llegó a tener más de 40 en su finca Vigía, en las afueras de La Habana. Para ellos preparó un cementerio con lápidas donde están inscritos los nombres de cada uno y les aplicaba la eutanasia con su rifle favorito, si la vejez, un accidente o una enfermedad los hacían sufrir.

En cuanto a su pasión incontrolada por las langostas, tampoco debe asombrarnos. Marino y pescador impenitente, dueño del yate El Pilar, se pasaba semanas lejos de la civilización ,las luces eléctricas, los teléfonos y la ropa de etiqueta,  vestido con pantalones picados por la rodilla y viejas sandalias, a veces desnudo, renegrido por el implacable sol del Caribe, perdido en los vericuetos de la cayería de Romano, junto a su fiel patrón Gregorio Fuentes, cocinando lo que la naturaleza, y muy especialmente el mar,proporcionaban sin la humillación de tener que desempaquetar o descongelar una pieza.

Mi buen amigo, el escritor e investigador cubano Enrique Cirules, lamentablemente fallecido, a quien debemos la revelación del mundo secreto del clan mafioso de Las Vegas-La Habana que regenteaba Meyer Lansky en representación de Lucky Luciano, nos legó uno de los más enjundiosos libros sobre este aventurero y consumado gourmet, titulado “Hemingway en la cayería de Romano”(editorial José Martí, 1999)  En una de sus páginas hallamos la deslumbrante descripción de cómo , tras uno de sus habituales recalos en el muelle de Pastelillo, bahía de Nuevitas, al norte de la provincia de Camagüey, aquel hombrón de mirada inquisitiva y gestos cortantes, que eran suave para sus colegas pescadores, los marinos y gente del pueblo, anclaba en el restaurant El Gato Tuerto, donde un cocinero de Gran Canaria oficiaba ritos secretos de cocina de los que salían platos a los que Hemingway sucumbía.

Cirules nos muestra a un Hemingway sibarita, enredado en una lucha tenaz, a muerte, contra bandejas de mejillones, vasos de ostiones, cangrejos moros, masas de cherna, pulpos, camarones, huevos de jaiba, tortugas marinas y clamorosas paellas, siempre con el refuerzo de buenos vinos. Pero donde la descripción adquiere el rango de revelación de arcanos mantenidos en férreo secreto por varias generaciones de cocineros canarios, es cuando nos brinda la receta de la especialidad de la casa: la langosta que preparaba El Isleño para su insaciable y experto comensal.

“Cada vez que entraba por el portón de El Gato Negro-apuntaba Cirules- Hemingway alzaba la voz y exigía la pronta presencia del cocinero que oficiaba en aquel sitio de todos los milagros.

-Prepare usted la langosta a la bucanera o la pirata, o como le sea más dable a sus cojones-le decía”

Así empezaba el ritual, que incluía una forma especial de cortar los trozos de langosta, pero sobre todo de preparar la salsa acompañante, que incluía ajos, cebollas, pimientos, comino, azafrán, aceite de oliva, vino blanco, jugo de naranjas agrias, cerveza, salvia, albahaca, perejil, curry, clavo de olor, entre otros ingredientes celosamente callados.

“Lista la salsa-escribía Cirules- era el momento de la operación final. El Isleño descargaba dentro del bendito caldero la docena de langostas, moviendo y removiendo todo con una gran paleta de madera, a fuego lento, hasta que la salsa comenzaba a desaparecer… Casi un instante después, aparecía El Isleño en el gran salón, cargando la gran fuente olorosa, humeante, traída en alto y detrás dos ayudantes con otras dos bandejas: una para las rodajas de pan y la otra con dos o tres botellas del mejor vino”

La vida de Ernest Miller Hemingway rebasó, entre gatos, tragos, libros, aventuras y langostas, los límites de lo común y se adentró en el terreno vaporoso de los grandes misterios. Solo a los semidioses les es dado vislumbrar lo que significa acariciar la pelambre de un gato ronroneante, de ojos entornados con destellos de astucia, cuando los abre para agradecer al dueño, y las sensaciones que pueden desatar, más allá de toda humana comprensión, aquellas fuentes de El Isleño.

Ernest Miller Hemingway lo sabía. También tuvo otras pasiones. Fue un semidios.

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Filósofo y escritor. Residente en República Dominicana, funge como investigador de la Fundación Juan Bosch, coordinador de la Comisión Técnica para Políticas de Integración Regional, y encargado del Departamento de Investigación del Archivo General de la Nación.