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Trágica vendimia: rebeldes, sí; terroristas, no (2 de 3)

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Trágica vendimia: rebeldes, sí; terroristas, no (2 de 3)
Trágica vendimia: rebeldes, sí; terroristas, no (2 de 3)

Según la definición aprobada por la Asamblea General de la ONU, terroristas son “…los actos delictivos concebidos para provocar un estado de terror en la población, en general, en un grupo de personas o en determinadas personas, que son injustificables, en todas las circunstancias cualesquiera sean las consideraciones políticas, ideológicas, raciales, étnicas, religiosas o de cualquier índole que se hagan vales para justificarlos”

La definición permite deslindar los campos, frecuentemente mezclados con malévola intención, para satanizar a toda resistencia activa o armada contra un orden injusto impuesto y mantenido, como demuestra la historia, mediante la violencia terrorista del Estado. Con enorme liviandad y cinismo las fuerzas reaccionarias, los colonialistas e imperialistas suelen tachar como terroristas a todos los rebeldes y luchadores por la justicia. No debe extrañarnos que para la propaganda integrista de la monarquía española, tanto los restauradores dominicanos, como los mambises cubanos hayan sido tachados de salvajes, inciviles, terroristas e incendiarios. Ya vimos, en la columna anterior que el terrorismo estaba reñido, por principios, con la forma y filosofía de lucha de los independentistas cubanos, expresadas en palabras de su principal jefe militar, el generalísimo Máximo Gómez.

La resistencia contra la injusticia, los enemigos del progreso, los represores de los pueblos y los tiranos ha sido aceptada por la inmensa mayoría de las corrientes políticas de nuestro tiempo, incluso, como imperativo moral. Por ejemplo, en la Constitución cubana de 1940, justamente alabada por lo avanzado que fue para su época, se establecía, en su artículo 40, que “… es legítima la resistencia adecuada para la protección de los derechos individuales garantizados anteriormente”

En el caso cubano y durante el siglo XX, los gobiernos de Machado (1925-1933) y Batista (1952-1958) provocaron resistencia armada, porque ambos se basaron en la fuerza y la arbitrariedad: una reelección impuesta por la fuerza, por el primero, y un golpe de Estado perpetrado por el segundo. Cerraron todos los caminos de la lucha cívica y además de sangrientos, fueron extremadamente corruptos. Tuvieron también en común que las fuerzas políticas y sociales que desataron para combatirlos, culminaron protagonizando las revoluciones que los derrocaron.

Tanto en la lucha antimachadista como en la lucha antibatistiana los revolucionarios fueron llamados terroristas por los aparatos de propaganda de los dos regímenes. Es cierto que hubo expresiones y acciones terroristas ejecutadas por elementos pseudorevolucionarios, incontrolados y carentes de formación política, de disciplina y conciencia, que actuaban por su lado, buscando notoriedad y recompensas futuras. Esto es inevitable y se da al margen y en contra de la filosofía de lucha de los verdaderos revolucionarios y de las orientaciones de sus direcciones clandestinas, pero ni a Machado ni a Batista los tumbaron las bombas ni los atentados personales, sino dos huelgas general revolucionarias, tras un período de lucha frontal, en el caso de la revolución triunfante en enero de 1959, llevado a cabo por el Ejército Rebelde, el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Estudiantil y otras organizaciones cívicas.

Las posiciones ideológicas más notorias dentro de la lucha contra la tiranía batistiana, en lo relacionado con el terrorismo y la rebeldía, se pueden resumir en tres:

La primera, era la posición de los acólitos y corifeos batistianos, dedicados a la exégesis de la tiranía que los amamantaba y a la descalificación de sus oponentes. Era el caso de Leopoldo Pío Elizalde, periodista y viceministro de Trabajo, y de Ernesto de la Fe, también periodista y ex ministro de Información del régimen. En el artículo “El terrorismo y la juventud”, publicado en la revista Bohemia del 5 de mayo de 1957, Pio Elizalde no dudaba en calificar de incivilizados, primitivos, inescrupulosos, criminales sin atenuantes, ambiciosos de poder y antidemocráticos a los cubanos que luchaban contra el régimen que defendía, tan democrático como para haber surgido de un golpe de Estado, abolido la Constitución, suspendido las garantías y disuelto los poderes del Estado.

La segunda postura se resumía en los principios que defendía en sus editoriales y reportajes la revista Bohemia, y en los trabajos periodísticos de Andrés Valdespino. Ambos repudiaban las tácticas terroristas, pero recalcaban que el terrorismo no era una causa, sino un síntoma, que no se improvisa a capricho. “Es un fenómeno propio de épocas anormales- sentenciaba Valdespino en su artículo “Con democracia no hay terrorismo”, publicado el 10 de marzo de 1957 en la propia revista- Expresa intranquilidad ciudadana, agitación política y descontento colectivo. Se produce cuando se ha alterado el ritmo institucional del país. Con democracia-concluía- no hay terrorismo”.

La tercera posición era la del Movimiento 26 de julio y el Ejército Rebelde, cuyo principal líder Fidel Castro, desde la Sierra Maestra, adonde había llegado apenas seis meses antes con los expedicionarios sobrevivientes de la expedición del yate Granma, aprovechaba para expresarla, a la opinión pública nacional e internacional, la llegada a las montañas de los periodistas de la CBS Wendell L. Hoffman y el camarógrafo Bob Taber, tras burlar el cerco de la dictadura, ayudados por la resistencia clandestina. Un resumen de la misma, con las fotos correspondientes, fue publicada en la Bohemia del 25 de mayo de 1957, seis días después del estreno en la televisión norteamericana, con enorme impacto, del documental realizado.

Sobre esta postura de principios publicaremos en la tercera parte y final de esta serie, la próxima semana.

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Filósofo y escritor. Residente en República Dominicana, funge como investigador de la Fundación Juan Bosch, coordinador de la Comisión Técnica para Políticas de Integración Regional, y encargado del Departamento de Investigación del Archivo General de la Nación.