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Mundo complejo, soluciones simples

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Mundo complejo, soluciones simples

Cuando George Orwell concibió la trama de su novela “1984”, sus contemporáneos no se imaginaron que las incipientes complejidades que retrataba sobre aquella sociedad, serían premoniciones del escritor acerca del mundo que vivimos setenticinco años después de la creación de la magistral obra del ciudadano británico, nacido en India.

Como se puede auscultar en dos textos oruelianos “Rebelión en la granja” y “1984”, el mundo del siglo XXl es complejo. La incertidumbre es el denominador común y no hay certeza absoluta que pueda indicarnos que nos movemos en la dirección correcta.

Nuevamente se ciernen amenazas de los totalitarismos– ahora de “izquierda” y del resurgir neonacista–, de los populismos y de una sociedad global súper vigilada por equipos electrónicos de última generación, pero sigue siendo insegura.

Los peligros de este tiempo en el que vivimos nos vienen de infinitas direcciones y relativos a temas que parecen ser insignificantes. De ahí, que los científicos dediquen mucho tiempo para desentrañar esas amenazas a la vida contemporánea.

La complejidad no solo se verifica en la base de la sociedad, también está en las más altas esferas de los núcleos de poder, públicos y privados, debido a que sus acciones están más mediatizadas que antes.        

Aunque hayamos rebasado el nerviosismo de la confrontación ideológica del la Guerra Fría, nadie tiene la certeza hoy, por ejemplo, de cuáles incidentes podrían desatar una conflagración mundial que arrase con buena parte de los seres vivos sobre la Tierra.

Para gobernar en estos tiempos de complejidad y turbulencia, hay que echar mano del principio planteado por René Descartes de que para encarar los problemas complejos hay que “empezar con los sistemas más simples y de más fácil discernimiento para ascender después eventualmente a la comprensión de los más complejos”.

Todos los avances científicos tecnológicos que hemos experimentado desde la Segunda Guerra Mundial hasta este tiempo, no han sido suficientes para convocarnos a pensamientos que nos den certeza del porvenir.

Aunque para la mayoría de los occidentales, la unipolaridad en la que cayó el mundo a partir de 1989 garantizaba una mayor certidumbre, hemos aprendido con el paso de los años que esa hipótesis no era del todo cierta puesto que la democracia, más allá de las urnas,  enfrenta nuevos desafíos: la corrupción pública como fenómeno que enajena los recursos que deben estar dirigidos a las familias vulnerables, aunque es un tema tan antiguo como el hombre, en estos tiempos no pasa inadvertido.

Sobre el tema de la transparencia y combate a la corrupción la preocupación se ha trasladado más allá de las esferas de los directivos de entidades públicas o privadas dedicadas a monitorearlas. En este momento, más ciudadanos están conscientes de que cada vez que un funcionario público  lleva a sus cuentas personales miles de millones de pesos¬–como ha ocurrido en el país–su calidad de vida se ve limitada.

No basta con aprobar las legislaciones, regulaciones y barreras de acceso a los presupuestos públicos, sino que es imprescindible también que desde el presidente de la República haya una voluntad política para disminuir las probabilidades de asalto al erario. Eso tampoco garantiza que no aparezca alguien que quiera saltar las normas, lo importante es que quienes dirigen la administración pública no coloquen obstáculos a las sanciones y demuestren voluntad para castigarla.

Con ese gesto contribuimos a la calidad de la democracia. Otro tema que hace de ella un paradigma más confuso, tiene que ver con la participación de la ciudadanía en las decisiones, de modo que se pueda tener un gobierno abierto, en el que haya transparencia y participación, que mejore el desempeño de la administración pública. De eso es que se trata.

 Las transformaciones profundas de las que amerita la democracia de hoy conlleva muchos años de construcción. Requiere de la comprensión de todo aquel que tiene cargo público en el sentido de que el funcionario es un instrumento temporal para diseñar, ejecutar y supervisar las políticas públicas. No transitar ese camino significa involucionar como sociedad, convertirnos en un Estado fallido que no es capaz de tener control de sus programa y políticas.  La gestión en la administración pública tiene que ser eficaz, dar muestras de comprensión de los problemas de la sociedad actual, que los ciudadanos sientan que son parte de la solución, abriéndole espacios en los que puedan partipar. El espacio cívico es el sustento de un gobierno abierto, no de una camarilla que, con esquemas prediseñados, llega a la administración del Estado para desviar los recursos a otros fines que no son del interés de la mayoría.

Los retos de este siglo son más desafiantes que antes. Los esfuerzos para enfrentarlos tienen que ser más creativos, comenzando por la educación, que es donde convergen buena parte de los problemas que agobian a la sociedades modernas, de la que República Dominicana no es excepción.

La calidad y el acceso a la educación cuentan con innovadoras herramientas para avanzar. El sistema de educación nuestro tiene que ser visto con fórmulas simples que desate el nudo de lo complejo. El sistema de educación funciona mejor cuando todos los actores participan y tienen acceso a la información.

La proliferación de los medios de comunicación debido en la Era Digital, en vez de ser un problema constituye una oportunidad para gestionar las acciones desde el Estado.

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