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El aborto y Pilatos

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El aborto y Pilatos

Por Rafael Guillermo Guzmán Fermín

En días pasados, el tema de la modificación del Código Penal y la despenalización del aborto lograron suscitar un debate nacional que aún mantiene divididos a sectores de la sociedad como ningún otro tema en los años recientes, llegando incluso este asunto, a amenazar la cohesión pétrea de uno de los principales partidos políticos.

Muchos se preguntan ¿por qué la vida que Dios nos regaló esta tan amenazada de muerte?, ¿por qué aquellas personas que están llamadas a ser los grandes tutores y defensores constitucionales de la vida son sus verdugos y al mismo tiempo sus víctimas?, ¿acaso la Constitución no es clara al respecto de estos temas?

No pretendemos ser la voz denunciante o el dedo índice acusador, sino más bien el anuncio esperanzador de la protección de la vida a propósito de la Semana Santa, que es el tiempo de la conmemoración cristiana de la pasión, muerte y resurrección del hombre que cambió al mundo hasta nuestros días, Jesús de Nazaret.

Todos los argumentos cooperativos de la «cultura de la muerte» (tal como definió el aborto el romano pontífice Juan Pablo II en su encíclica «El Evangelio de la Vida», publicado el 25 de marzo de 1995) no son solo de carácter sustantivo, sino que contienen además una esencia o fundamento intelectual que debe ser considerada por aquellos sectores que miran con desprecio los argumentos filosóficos o para aquellos segmentos que piensan ingenuamente que las modernas ideologías son inofensivas o meros alardes retóricos, pues se equivocan, ya que no hay nada más hercúleo que el poder de las ideas, pues éstas influyen en la cultura de los pueblos.

Existe un episodio documentado en la historia que se asemeja a la situación que vivió recientemente el primer magistrado de la nación. El juicio de Poncio Pilatos a Jesús.

Poncio Pilatos, procurador romano y representante de la justicia del imperio en Judea (siendo el Imperio Romano una de las grandes cunas del derecho aún vigente) le tocó la responsabilidad de ser el juez ante un detenido llamado Jesús de Nazaret, quien fue arrestado por autoridades judías por los supuestos delitos de alborotar al pueblo desconociendo la autoridad del César y de incitar a no pagar los tributos al imperio. Precisamente en el Código Penal de referencia, y que ya un grupo de instituciones y personas están elevando un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional, tiene tipificado el delito de insurrección (Art.342); y el de no pagar impuestos es un delito grave que conlleva hasta la restricción de libertad.

Ante estas acusaciones Pilatos abre un proceso y pide la comparecencia del reo Jesús, y luego de interrogarlo no encuentra en ese hombre la comisión de ningún delito, o sea, llega a la certeza jurídica, fuera de toda duda razonable, de que ese imputado que se encuentra frente al estrado es absolutamente inocente; y exclama ante todos: «inocente soy de la sangre de este justo». (Mateo 27:24).

Lo que habría hecho cualquier juez ante la certeza jurídica o ante la falta de testigos e insuficiencia de pruebas, es dejar en libertad al acusado. Más aun, debió abrir un proceso para que Jesús fuera civilmente indemnizado por los perjuicios morales causados.

Pero todavía voy más lejos, de existir una duda razonable, se aplicaría un aforismo jurídico que en derecho se llama «In dubio pro-reo» (Ante la duda, hay que estar a favor del reo). Recurso vital en materia criminal cuando, ante el juzgador, se está en juego la libertad y la vida de un ser humano. Puesto que todo juez está en la obligación de dictar sentencia de conformidad estricta al derecho cada vez que se presente a su tribunal un caso que es de su competencia jurisdiccional.

Pero lo que hace Pilatos es eludir la decisión y trasferir su responsabilidad decisoria a otros (lavándose las manos) a pesar de la certeza jurídica, y no falla con justicia como era su deber, sino que comete un acto de prevaricación, pues ese fallo emitido iba en contra de la ley vigente que debería declarar al reo Jesús como inocente; sin embargo, lo que hizo fue dejarse llevar por un supuesto clamor popular, digo supuesto, porque ahí solo estaba convocada una turba que era hábilmente manipulada por una minoría que obedecía a sus propios intereses ajenos.

Y que es lo que hace esa turba vociferante azuzada por sus malos líderes?, Gritan ¡¡¡Crucifícale, crucifícale!!!

En ese momento, Pilatos da un giro espectacular que pasará tanto a la historia del derecho como a la universal, como aquel que cambió el sentido justo de la verdad, pues ya la verdad no es la certeza jurídica, sino aquella que vocifera una supuesta mayoría.

Ya no importa que la verdad sea producto de la interpretación racional de los hechos, ni que vaya en contra de la más elemental noción de justicia. No, nada importa, pues lo que importa es que esta es la opinión impuesta clamorosamente por un grupo de personas, por los votos potenciales, por las presiones de las masas. Desde ese momento, la verdad perdió el estatuto sagrado que poseía desde Aristóteles, el arquetipo del pensamiento racional y del realismo del conocimiento. Este sabio griego había dicho que nuestra mente bien adiestrada construye nuestra realidad objetiva. La verdad era «aletheia», traducción del griego que significa «correr el velo».

Señalaba que mediante el ejercicio del pensamiento racional el hombre es poseedor de una inteligencia capaz de «fotografiar» la realidad objetiva y, a la vez, adecuar esa verdad objetiva a su verdad normativa. En tal virtud, el quehacer del ser humano es la consecuencia necesaria de lo que él sabe sobre su propia realidad objetiva.

Así piensan las personas sensatas, así piensa la sabiduría aristotélica, pero Pilatos, aquel fatídico Viernes Santo, retorció el sentido de la verdad y con ello el sentido de justicia, convirtiendo la verdad fotográfica de lo que realmente existe, en una verdad condicionada a la suma de votos de una minoría vociferante manipulada hábilmente por una pequeña minoría movida por intereses extranjeros, y hoy recordamos a ese personaje en todas las misas y en el mismo Credo: «padeció bajo el poder de Poncio Pilatos».

No advoquemos el pensar y actuar como Pilatos, dejando de creer que la verdad existe objetivamente y que solo hay que contemplar el panorama y adecuar a ella la propia conducta humana. La verdad no puede ser una simple sumatoria de votos, la verdad no puede ser la simple respuesta complaciente de un liderazgo político ante lo que parece ser un clamor supuestamente mayoritario y vociferante.

La verdad siempre debe de ser respetada como lo que es, «la cumbre de la objetividad», lo que dice la inteligencia natural, lo que se observa al develar las anteojeras de los prejuicios. La verdad debe confrontarse con responsabilidad, cara a cara, igual como todos estaremos ante nuestro Dios cuando seamos juzgados por él, pues ese día estoy seguro que nadie querrá ser juzgado a la marera de un Pilatos, sino bajo la misericordiosa justicia de Dios.

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