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LA MASACRE DEL REPARTO ORFILA Y CAYO CONFITES 1/2

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LA MASACRE DEL REPARTO ORFILA Y CAYO CONFITES (I)
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El 12 de agosto de 1933, el tirano Gerardo Machado y Morales fue derrocado tras una ardua y sangrienta lucha del pueblo cubano, huyendo  a Nassau en un hidroavión fletado por Benjamín Sumner Welles, embajador norteamericano en La Habana. A bordo de la nave lo acompañaron cinco cómplices, entre ellos el jefe de su escolta personal y connotado asesino, el capitán Manuel Crespo Moreno. Refugiado en República Dominicana, este no tardará en servir a las órdenes de Trujillo.

El país que abandonaba Machado fue pronto víctima de la violencia incontrolada por parte de muchos que habían sufrido los atropellos de la tiranía y reclamaban venganza. Sin un gobierno revolucionario lo suficientemente fuerte, con una policía y un ejército desarticulados, más de mil machadistas, en casi todos los casos porristas paramilitares y uniformados culpables de torturas, asesinatos y desapariciones, fueron cazados por todo el país, linchados y, en no pocos casos, arrastrados por las calles y colgados de las farolas del alumbrado público. Alrededor de 300 lujosas mansiones, negocios, periódicos y propiedades de connotados personeros del régimen depuesto fueron saqueadas y reducidas a escombros.

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A pesar de los anhelos mayoritarios de la población, que necesitaba consumar una revolución verdadera de justicia social, la mediación de Sumner Welles, la inmadurez y divisiones entre las fuerzas revolucionarias, el golpe de estado militar del  4 de septiembre de ese mismo año, del que emergió Fulgencio Batista,, y la acción contrarrevolucionaria y conservadora de politiqueros , la oligarquía y antiguos machadistas, fueron torciendo el rumbo al proceso, cooptando y corrompiendo líderes y retomando las posiciones y posesiones perdidas. En 1937, una amnistía general perdonaba a Machado y a sus esbirros en fuga, regresando muchos de ellos al país.

La impunidad e impotencia de la justicia para poder castigar a torturados, ladrones y asesinos machadistas, que con frecuencia regresaron para ocupar altos cargos en  el gobierno, o simplemente a hacer negocios y disfrutar de los robado, provocó la aparición de grupos violentos que, bajo consignas revolucionarias y declaraciones de que no quedaba otro remedio que hacer valer la justicia popular por sus manos, comenzaron lo que se llamó en Cuba, el gansterismo político  o la época de los grupos de acción, protagonistas de aparatosos atentados, ejecuciones sumarias y enfrentamientos entre sí y con las fuerzas policiales, derivando, en no pocos casos, hacia el gansterismo puro y simple, culpable de extorsiones, negocios ilícitos, secuestros y asesinatos. Para aplacarlos, o mantener cierto control sobre ellos, incluso, para utilizarlos para sus propios fines políticos, varios gobiernos los ampararon, les garantizaron impunidad y distribuyeron entre ellos botellas en las entidades estatales, especialmente el Ministerio de Educación, incluso, los asimilaron como altos oficiales de los órganos de seguridad y la policía, especialmente entre 1944 y 1952, en el período que media entre el gobierno del presidente Ramón Grau San Martín, el de su sucesor Carlos Prío Socarrás y el golpe de estado batistiano del 10 de marzo de 1952.

En 1947 se preparaba en Cuba la expedición de Cayo Confites para intentar derrocar a la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana, con la anuencia y el apoyo casi público del presidente Grau. Más de 1500 hombres, entre dominicanos, cubanos, centroamericanos, puertorriqueños, españoles republicanos y norteamericanos veteranos de la Segunda Guerra Mundial, se concentraron en la reducida superficie de Cayo Confites, ubicado al norte de la provincia de Camagüey, sin las condiciones más elementales, sin un plan claro ni liderazgo definido, entre ellos, personajes de triste recordación como el pistolero Rolando Masferrer, ex comunista y combatiente de la Guerra Civil española, donde había resultado herido. Dueño del semanario “Tiempo en Cuba”, cercano a las posiciones de uno de aquellos grupos de acción, el Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), Masferrer terminaría por apropiarse de la expedición, intentando dirigirla hacia La Habana para derrocar a Grau y alzarse con el poder.

El gobierno de los Estados Unidos vio con recelo aquella expedición y la sometió a una vigilancia constante, intercambiando información de inteligencia con Trujillo, que contaba con agentes y espías entre los expedicionarios y en otros puntos del Caribe. Desde 1945, Trujillo venía cooptando y sobornando al mayor general Genovevo Pérez Dámera, jefe del ejército en Cuba, inculcándole la idea de dar un golpe de estado militar a Grau, y quitar del gobierno en la isla al partido Auténtico en el poder, que le era hostil. Para justificar la acción, poder frustrar al precio que fuese la expedición de Cayo Confites e instaurar en Cuba otra dictadura, se jugó la carta de fomentar la ingobernabilidad y el caos, utilizando para ello el real desbarajuste que reinaba en  el orden público y la seguridad ciudadana, y muy especialmente, la guerra que sostenían entre sí los grupos gansteriles ya mencionados, con un rosario de muertos y heridos cada día, a plena luz y sin consecuencias, ni castigos.

En este escenario, y tras bambalinas los factores señalados, se inscribe la matanza del reparto Orfila, que tuvo lugar en La Habana, tras una batalla campal entre dos grupos rivales, comandados por altos oficiales de la Policía, que tuvo lugar durante más de cuatro horas en la tarde del 15 de septiembre de 1947, cuando los expedicionarios se apiñaban en Cayo Confites, casi sin alimentos ni agua, y el mayor general Pérez Dámera visitaba los Estados Unidos para recibir el visto bueno imperial… y un jugoso maletín repleto de billetes que le había enviado Trujillo por mediación de su canciller , Arturo Despradel…

(CONTINUARÁ) …

NOTA: Las imágenes sobre los sucesos del Reparto Orfila están extraídas de la carpeta 22 de la Causas 95, de 1947, instruida para castigar penalmente a los responsables. En ellas son apreciables momentos del sitio y asalto a la casa del comandante Mario Morín Dopico, donde se encontraba de visita el comandante Emilio Tro y sus compañeros de la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR).

En un recorte de prensa se aprecia la llegada al Juzgado del comandante Mario Salabarría, jefe de las fuerzas asaltantes. Algunos de los acusados pertenecían o se hallaban en la órbita del Movimiento Socialista Revolucionario (MSR).

En otro recorte de prensa se recogen declaraciones de los padres de Aurora Soler, esposa del comandante Morín Dopico muerta en el suceso.