En mi país, los cuerdos somos más enfermos mentales que los propios...

En mi país, los cuerdos somos más enfermos mentales que los propios enajenados mentales

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Hoy, como siempre, fui a la casa de mi madre en mi acostumbrada visita matinal; al salir me encontré de frente con “Doris”, quien desde hace mucho cayó en un limbo mental, lo que la sumó a la larga carpeta de enfermos mentales que pululan harapientos y no aseados por las calles de nuestro país.

Al abordarme, lo que hace cada vez que me ve, con el fin de que le deje caer unas monedas para comprar café, esta vez me sorprendió. No me solicitó nada material, simplemente me pidió “un minuto de mi apretada agenda” (con esas palabras lo hizo).

¿Qué quería Doris?

Por lo regular cuando me encuentro con ella en el barrio, solemos intercambiar palabras, pues a pesar de su situación de salud, en ocasiones tiene momentos lúcidos y me hace referencia sobre algún tema específico; y no es para menos, ya que “Doris”, antes de caer en su estado mental, fue catedrática universitaria.

Ella fue de las primeras meteorólogas egresadas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en el país, no como simple técnico, sino bajo un criterio más amplio de preparación. También me informaron que ella impartía clases de economía y otros aspectos referentes a finanzas en una universidad (datos dados por algunos vecinos del lugar).

Las imprecisiones que pudieran surgir de estos datos que comparto con ustedes, es porque cuando se produjo su situación de salud, yo era apenas un niño de 6 o 7 años de edad. Lo que sí recuerdo con exactitud, es el diálogo que ella entablaba con mi tío Baudilio Jiménez (Chachá) (EPD), quien a pesar del estado de salud de ella siempre le prestaba mucha atención a lo que decía.

De niño siempre me preguntaba: “Cómo una persona loca” podía mantener la ilación o coherencia de una conversación, sobre todo con una persona del nivel intelectual de mi Tío Chachá. Era fascinante aquello; la atención que le prestaba mi tío y la exactitud con la que “Doris” respondía y aportaba en dicho diálogo.

Pasaron los años, mi tío desapareció físicamente, pero quise emularlo y desde entonces, cuando tengo la disposición del tiempo, me detengo a conversar con “Doris”.

Pero hoy, conversando con ella, he aprendido una lección de vida  a través de sus palabras, por lo que quiero compartirla con ustedes:

Doris me dijo, con gestos de “pique” y burla a la vez, y con un lenguaje correcto y depurado, lo siguiente:

“Allá, en aquella esquina (haciendo referencia al lugar, con el dedo índice de su mano derecha), una señora me echó dizque porque hiedo mucho a orina, diciéndome: “Vete de ahí loca del diablo”. Y la niña de ella, que es ya una señorita, le dijo- ¡Mami, tranquila, no ve que es una enferma mental! Que buena lección le dio su niña ¿verdad licenciado?, porque la que es enferma mental es ella, ya que demuestra odio en su corazón para sus semejantes.”

Eso fue en la mañana del martes 3 de octubre del 2015, y aún resuena en mi cabeza esas palabras de aquella mujer que lleva década sumergida en un limbo mental. Una verdadera lección de vida, que me ha hecho reflexionar que los que aparentamos estar sanos, en realidad estamos más enfermos que “Doris”.

Doris no odia, no ambiciona lo del otro, no roba, no calumnia, no insulta y no pide más que lo que necesita para vivir.

Cuando se le da lo que pide lo agradece con una amplia sonrisa y una mirada de gratitud eterna, y si acaso no se le da nada, también sonríe con una mirada, en cierto modo, de comprensión. En síntesis, ella es feliz simplemente con vivir.

En cambio, los que aparentamos estar sanos, en el fondo estamos sumergidos en todo aquello que le he indiferente a Doris; deseamos tener más de lo que tenemos, en ocasiones sin importar que tengamos que empeñar hasta el alma para conseguirlo, sin importar que el resultado de nuestras acciones tenga consecuencias funestas para el prójimo, naturalmente incluyendo la familia.

Somos esclavos de lo material, a tal grado que cuando no lo conseguimos nos arrancamos hasta la propia vida. Maltratamos a los animales. Destrozamos el medio ambiente. Mentimos. Odiamos. Envidiamos. En fin, actuamos al margen de las razones para la que tal vez fuimos creados.

Los gobiernos, compuestos por hombres y mujeres aparentemente sanos, no hacen nada para que las personas como Doris tengan un trato más dignos, en donde bajo el compromiso social de familiares y autoridades se mantengan programas de rehabilitación y monitoreo de la salud mental, para con ellos evitar esos espectáculos tristes y dantescos de ver a seres humanos denigrados más que cualquier animal.

Si nos comparamos con “Doris”, quien además de todo lo que he dicho de ella, también comparte lo que consigue para comer con el perrito realengo, tendremos que coincidir que en realidad los enfermos mentales somos nosotros y que necesitamos con urgencia asumir la filosofía de vida extraída del mundo-limbo en donde se quedó varada mi amiga “Doris”.

¡Hasta la próxima!

 

 

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